domingo, 3 de noviembre de 2013

MARÍA MOLINER: EL DICCIONARIO

       Se representa en el Teatro de La Abadía "El diccionario", de Manuel Calzada, sobre María Moliner, la autora del célebre Diccionario de Uso del Español y con ese motivo, entrevistaban en Radio Nacional de España a Vicky Peña, quien representa el papel de la lexicóloga.
       La obra es un homenaje merecido a esa mujer que dedicó quince años de su vida a  recopilar y redefinir miles de términos y a organizarlos en un diccionario indispensable.
       En la entrevista, la actriz manifiesta su admiración por ella y habla de cómo el aplauso ferviente del público no es sólo a la representación, sino a la persona que fue María y a su labor.

  

       María Moliner (1900-1981) fue bibliotecaria por oposición en un tiempo en que en España había un elevadísimo índice de analfabetismo. Para tratar de paliarlo en 1931 se creó el Patronato de Misiones Pedagógicas, que pretendía llevar a los pueblos más aislados el aliento de la cultura. Se compraban libros para todas las bibliotecas, públicas, escolares de colonias y de instituto, especialmene para obreros; por primera vez se daba la oportunidad de estudiar a chicos y chicas de la clase trabajadora. La idea clave era que el lugar de nacimiento no podía ser un obstáculo para acceder a la cultura y a la libertad que ella comporta: "Que cualquier libro llegue a cualquier rincón, a cualquier ciudadano, esté donde esté."

       Pues bien, muchos de esos libros los seleccionó María Moliner desde su puesto de responsable de la organización de las Bibliotecas rurales en Valencia.

       Colaboró también en la creación de la Escuela Cossío, inspirada en los principios educativos de la Institución Libre de Enseñanza y en 1937, tras dirigir por un tiempo la Biblioteca Universitaria de Valencia con sus valiosos manuscritos e incunables, se encargó de la Oficina de Adquisición y Cambio Internacional de Publicaciones, que hacía llegar bibliotecas incluso al frente.

       Obra suya son las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, en plena guerra civil, fruto de esa preocupación por acercar la cultura a todo tipo de gente. Es un texto que rezuma sensibilidad, entusiasmo y sentido común, por lo que lo reflejamos a continuación. Podría ser la guía de cualquiera de nuestras bibliotecas. Su espíritu debería guiar a cada profesor y a cada ley educativa.

Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas

A los bibliotecarios rurales: 

      
    "Estas Instrucciones van especialmente dirigidas a ayudar en su tarea a los bibliotecarios provistos de poca experiencia y que tienen a su cargo bibliotecas pequeñas y recientes. Porque, si el éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del bibliotecario, esto es tanto más verdad cuanto más corta es la historia o tradición de ese establecimiento. En una biblioteca de larga historia, el público ya experimentado, lejos de necesitar estímulos para leer, tiene sus exigencias, y el bibliotecario puede limitarse a satisfacerlas cumpliendo su obligación de una manera casi automática. Pero el encargado de una biblioteca que comienza a vivir ha de hacer una labor mucho más personal, poniendo su alma en ella. No será esto posible sin entusiasmo, y el entusiasmo no nace sino de la fe. El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión para contribuir a este mejoramiento.

       No será buen bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles: «Mire usted: en este pueblo son muy cerriles: usted hábleles de ir al baile, al fútbol o al cine, pero… ¡A la biblioteca…!».
       No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura! Ellos presienten, en efecto, que es cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados: sienten también que la cultura que a ellos les está negada es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etcétera. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden pidiendo, cultura, cultura… Pero, claro, si se les pregunta qué es concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada por generaciones y generaciones.
       Tú, bibliotecario, sí debes saberlo, y debes comprenderles y disculparles y ayudarles. No es extraño que una biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada si se la confía a su propia suerte: no es extraño que el libro cogido con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre; pero no ocurre sólo en tu pueblo, ni lo hacen sólo tus convecinos; ocurre en todas partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.
       La segunda cosa que necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión. Para valorarla, pensad tan sólo en lo que sería nuestra España si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas…!
       Pues bien: esta es la tarea que se ha impuesto y que está llevando a cabo el Ministerio de Instrucción Pública por medio de su Sección de Bibliotecas y en la que vosotros tenéis una parte esencialísima que realizar."

(*) Prólogo de Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, publicadas en Valencia en 1937, y que redactó María Moliner. Transcrito a partir de la edición de Educación y Biblioteca, n.º 86, p. 18, en el homenaje a María Moliner, 1998.
 

MÁS SOBRE MARÍA MOLINER:
- María Moliner, en el centenario de su nacimiento. Centro Virtual Cervantes.
- La mujer que escribió un diccionario. Artículo de García Márquez en El País.
- María Moliner: los libros. Programa de "Mujeres en la historia", de RTVE
- Documental Sobre María Moliner de la Dirección General de Cultura del Gobierno de Aragón.

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